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5/4/17

La orfandad de la conciencia ¿Y ahora? - Alejandra Frers

El tiempo pasa, inexorablemente, implacablemente y a la vez mayormente no lo parece hasta que nos detenemos unos segundos de nuestra alocada vida y… y… y… y me doy cuenta que caemos en la cuenta del tiempo pasado cuando miramos hacia atrás. ¿Hacia atrás? ¿Cómo hacia atrás? Si textualmente miro hacia atrás veo la ventana que da hacia fuera. Hacia donde miro en realidad es hacia el pasado. Y entonces surgen varias cosas en mi cabeza.

Por un lado, pasa mucho, mucho tiempo y ni registro ese suceso. Sólo lo percibo cuando repaso todo lo que pasó, lo que sucedió. Lo que aunque lo volvamos a hacer no va a ser igual. Porque nada es igual a lo que era en ese momento.

Y ahí también surge este otro pensamiento. Cuando recordamos no siempre recordamos lo mismo. Y les propongo que lo vean en uds. mismos. Busquen algo que hayan escrito desde uds. hace mucho tiempo, pero mucho tiempo: años. Y verán que cuando lo releen no lo sienten igual que cuando lo escribieron. Lo mismo nos pasa cuando volvemos a ver una película, cuando releemos un libro, vemos fotos del álbum familiar. Cuando lo repasamos luego de haber pasado mucho tiempo no es lo mismo que la vez anterior. Entonces siento con claridad que nuestro estado de ánimo, nuestro crecimiento, nuestro entorno es el que afecta nuestra percepción. Que lo que teníamos por cierto antes hoy ya no es tan así. Lo que antes era tan claro ahora tiene un velo.

Que incluso lo que aprecia el entorno sobre esa misma situación nos afecta.

Entonces, si no podemos tener claro ni certero lo que inexorablemente ya pasó, sucedió y no se puede cambiar, ¿cómo hacemos para tener claro y certero lo que nos sucede actualmente, en este preciso instante?

Todo depende del cristal con que se mire.

Recuerdo que hoy temprano a la mañana, cuando amanecía y trataba de seguir mi rutina de “levantarme e ir a trabajar”, escuchaba un programa de radio en el cual su principal personaje hablaba de energías “naranjas”. Y automáticamente vino a mi cabeza: “¿y este cómo sabe que la energía es naranja? En el mejor de los casos, él o alguien que lo aleccionó suponen desde su percepción que es naranja. Pero, para otro ser, ¿será naranja? Lo más probable es que no. Y tampoco sé si tiene real importancia determinar cómo se ve la energía, quien, cuando y dónde. Pero es muy humano tratar de “etiquetar” TODO.

Desde el coaching ontológico te tratan de enseñar que lo que no se nombra no existe. O sea, entiendo, desde nuestro pedestal de seres superiores, si no lo conocemos: ¡no “esiste”! (como se diría popularmente). Difícil reconocer algo nuevo desde esa perspectiva, difícil empatizar con la idea o visión de otro distinto. Y en este caso, el otro distinto puede ser tanto otro ser humano de distinto sexo que el mío, de distinta creencia religiosa, de otro país que no es el mío, de otro trabajo que no es el mío. O simplemente otro ser vivo, como un animal.

Y desde allí seguramente surgiría la crítica y el menosprecio a lo distinto.

Y taladra en mi cabeza: “nunca sobreviviremos a menos que nos volvamos un poco locos” (versión de Alanis Morisette del tema Crazy). “En un cielo lleno de gente, sólo algunos quieren volar. ¿No es eso loco? En un mundo lleno de gente, sólo algunos quieren sobrevivir…”

¿Por qué la humanidad tiende a monopolizarse y sigue automáticamente la manada sin cuestionarse nada? ¿Es comodidad, ignorancia, o qué? (Otra vez estoy etiquetando).

En conclusión, la percepción se limita al instante y al individuo. Etiquetar es muy humano, lo necesita para acotar e interpretar su realidad, que no es LA realidad. Pero en una postura omnipotente lo lleva a suponer que lo que ese humano percibe es la única realidad. Limita, nos hace perder el tiempo ocupándonos de “enjuiciar” nuestro entorno.

Cuestionémonos…

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